sábado, 1 de julio de 2017

La adolescencia

   La adolescencia, ese ente social y experimental en el cual coexisten las ideas opuestas y excluyentes al mismo tiempo y de la misma manera, como personas múltiples dentro de la misma personalidad pugnando por sobrevivir, jugando al bueno y el malo con límites difusos, entre la tesis y la antítesis buscando ávidos hasta llegar a un acuerdo sintético que cree al fin una identidad relativamente estable, prestos para una vida adulta. Es un proceso arduo y extenso, como se labra la civilización misma encontrando un acuerdo entre la barbarie en los extremos. El adolescente debe enfrentarse a la educación coercitiva cediendo ante la autoridad escolar mientras se desatan las mayores tormentas interiores que braman por salir; debe forjar un abanico de respuestas ante el miedo a los castigos que van del colegio a la fábrica, de la familia al Estado, claudicando para adaptarse y moldear una identidad inclusiva, adaptada, sometida a los designios de la sociedad que le toque, y asumir así las normas sociales exteriores como interiores y normalizarlas, o puede convertirse en una minoría desarraigada, entrar en un viacrucis del castigo y la desaprobación en busca de las utopías fracasadas en el pasado.
   Y cuando las tormentas interiores al fin se calman y llega la sensatez de la vida adulta debe enfrentar los sentimientos y sensaciones de estafa de una educación enfocada a la productividad en el trabajo en una sociedad donde no hay trabajo ni futuro sino para unos pocos privilegiados, precarios y cambiantes, en el mundo del automatismo que van ganando la batalla de la salvaje competitivadad. Las amistades inestables, los romances vehementes, las contrariedades con los padres en pro de una identidad propia con propias libertades convierten al adolescente en el ente líquido de la sociedad donde convive la frustración con la creatividad, la desesperación con las ganas de vivir.
   Son eso: adolescentes con derecho a la contradicción.